sábado, 7 de abril de 2007

EL CALENTAMIENTO GLOBAL


El calentamiento global
La presencia en el aire que se respira de las distintas sustancias que dan lugar al efecto invernadero puede causar serios daños a la salud de las personas. Es por eso que las entidades intergubernamentales buscan distintas formas de frenar este proceso.
Gases de invernadero

El calentamiento global -que se produce por la acumulación de dióxido de carbono y de otros gases llamados de efecto invernadero que impiden que los rayos solares que atraviesan la atmósfera puedan salir, y de ese modo elevan la temperatura del planeta- altera las condiciones del equilibrio natural y afecta la salud de las personas.

Son los combustibles fósiles (el carbón y todos los derivados del petróleo) los que al ser empleados para obtener energía liberan a la atmósfera varias sustancias químicas (la mayor parte en forma de gases), conocidas como gases de efecto invernadero, que inciden negativamente sobre la salud de la población.

Por combustión completa, los combustibles fósiles liberan dióxido de carbono, agua y óxidos de nitrógeno; por combustión incompleta liberan monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y partículas en suspensión.

Mientras están en el aire, estos contaminantes son transformados por las radiaciones solares, dando lugar a reacciones fotoquímicas que producen más contaminantes secundarios (ozono, cuerpos volátiles, entre otros), que dan lugar al llamado smog fotoquímico.

Para el doctor Frank Murray, de la Universidad Murdoch en Perth (Australia), agrega que "Gran parte de la población mundial vive en áreas donde los niveles de contaminación atmosférica exceden los lineamientos establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS)", Los datos que respaldan dicha afirmación son ilustrativos:

Se calcula que en el mundo más de 1.200 millones de personas están expuestas a niveles excesivos de dióxido de azufre.
Más de 1.400 millones de personas estarían expuestas a excesivos niveles de materia particulada en suspensión.

Entre el 15 y el 20% de la población de Europa y América del Norte está expuesta a niveles que exceden los límites permisibles de dióxido de nitrógeno.
Carbono versus oxígeno
El monóxido de carbono (CO) es el más tóxico de todos los contaminantes que contiene el aire. Los glóbulos rojos lo absorben antes que al oxígeno, ya que posee una afinidad por la hemoglobina 260 veces mayor que el oxígeno.

De esta forma, la sangre lo transporta a los distintos tejidos del organismo, con consecuencias terriblemente perjudiciales, en especial para órganos sensibles como el cerebro y el corazón.

Los primeros síntomas de la intoxicación por monóxido de carbono son el cansancio y el agotamiento, sea ante un esfuerzo o durante el reposo; le siguen cefaleas, mareos, trastornos del sueño, irritabilidad y cambios bruscos del carácter, que progresivamente van minando el rendimiento intelectual y laboral.

De seguir respirando aire con mucho CO, los síntomas se acentúan: disminuyen la agudeza visual, la destreza manual y la capacidad de aprendizaje.

Finalmente, los síntomas derivan en serios problemas cardiovasculares (insuficiencia coronaria, infarto de miocardio), neurológicos (insuficiencia cerebral con parálisis o hemiplejía) o distintos tipos de cáncer, que pueden ocasionar la muerte.

Es importante destacar que existen grupos de riesgo más expuestos a padecer los efectos del aire contaminado. Estos están integrados por las mujeres embarazadas que trasmiten el CO al feto, las personas mayores cuya función cardiovascular es reducida, aquellos que padecen enfermedades cardiorespiratorias, y los niños.

Por su parte, el cigarrillo y los medicamentos depresores del sistema nervioso central son factores que potencian y adelantan la aparición de estas dolencias. Según la OMS, el aire que respiramos no debería contener más de 0,01 ppm (partes por millón) de CO. Si bien esta es la cifra que se considera como ideal para el normal desarrollo de la vida humana, nuestro organismo puede tolerar hasta 9 ppm.

Cuando empezaron a realizarse mediciones en Buenos Aires, los niveles de CO ocasionalmente llegaban a 9 ppm. En el transcurso de estos años, se experimentó un incremento sostenido de la contaminación, y ahora estamos en valores promedio de 13 y 14 ppm. Hay días de 17 a 19 ppm, en que la cantidad de CO es el doble de lo que admite la OMS.

Smog y sus secuaces
El monóxido de carbono no es el único protagonista o precursor del llamado efecto invernadero que ensucia el aire que respiramos. Los combustibles fósiles que alimentan los motores de los vehículos liberan una gran cantidad de sustancias tóxicas, como los hidrocarburos, las partículas en suspensión, los óxidos de azufre, de nitrógeno, el ozono y el plomo.

Si bien la mayoría de las naftas no contienen plomo, en la elaboración del gasoil se lo sigue utilizando para elevar el octanaje. El plomo va a la médula y desde allí es transportado por la sangre al hígado, a los riñones, y al sistema nervioso, donde se deposita provocando lesiones irreversibles por falta de oxígeno (anoxia).

El óxido de nitrógeno, los hidrocarburos, las partículas en suspensión y, nuevamente, el plomo, se combinan por la acción de las radiaciones solares, dando lugar al llamado smog fotoquímico, que produce cáncer y leucemia. El ozono (cuya composición molecular es distinta del que nos protege de las radiaciones ultravioletas) al igual que el óxido de azufre, es un poderoso irritante que afecta los ojos y las vías respiratorias. El aire es un bien público, por lo tanto debe ser preservado y protegido por el Estado Nacional.

Tiene que haber una política por parte de los gobiernos que plantee cómo cuidarlo. Para intentar revertir la situación actual y evitar el llamado calentamiento global, distintas entidades intergubernamentales han recomendado centrar los esfuerzos de las naciones en la reducción de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) proveniente de los combustibles fósiles.

Tarea ardua si se toma en cuenta que, actualmente, del total de energía producida en el planeta, el 63 por ciento proviene de combustibles fósiles, el 19% de fuentes hidroeléctricas y el 17 por ciento de centrales nucleares.
Organizaciones no gubernamentales, como Greenpeace, que se plantean como misión la defensa del medio ambiente, proponen el reemplazo de los combustibles fósiles por las llamadas fuentes de energía limpias o no convencionales, principalmente la energía solar, la energía eólica, la biomasa. Actualmente, algo más del 1 por ciento de la energía que alimenta la planeta es producido por estas fuentes no convencionales de energía.

De acuerdo con las soluciones técnicas actuales, las fuentes de energía renovables no podrían hoy por hoy cubrir más del 30 por ciento del total de la producción de energía del planeta.
Diferentes expertos coinciden en que ninguna fuente pueda suplantar a las demás, porque todas tienen características distintas y en un momento dado pueden ser más utilizables que otras: la energía nuclear es una energía de base, se la puede utilizar para esa banda de consumo que no varía; en cambio para atender picos de demanda las máquinas ideales son las térmicas convencionales.

La dificultad para reducir la utilización de combustibles fósiles ha llevado a muchos científicos a plantear soluciones alternativas para evitar el calentamiento global. En un trabajo publicado recientemente en The Proccedings of the National Academy of Sciences por investigadores del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, se evalúa que las emisiones de CO2 serían casi imposibles de cortar en el corto plazo, por lo cual habría que intentar cortar la emisión de otros productos que participan del efecto invernadero, como el metano o el ozono, entre otros.
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